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miércoles, 6 de junio de 2007

COCINA COMPLEJA

Ante las buenas críticas del nuevo japonés, quise agasajar a unos amigos invitándoles a descubrir conmigo las excelencias de una de las mejores cocinas del mundo. Al llegar sentí la armonía de un local diseñado para dar protagonismo a la alquimia culinaria. Decoración discreta, mesas amplias, muros color piedra, techos de madera con un diseño cálido y agradable y ausencia de estridencias. Antes de comenzar y sedienta pedí agua - Le traigo la carta – dijo la camarera. La miré muerta de sed, con Solán de Cabras bastaría pero en contexto tal respuesta parecía un gesto avaro. Había muchas opciones que prometían maravillas con sus precios desorbitados. Pedimos cloud juice, procedente de Tasmania, con el número certificado de gotas que hay en cada una de sus botellas. Lamenté no tener el paladar demasiado sensible para apreciarla del todo (temo que moriré sin entrar a la cofradía de los expertos catadores de agua). Ya puestos en vena pedimos un menú degustación para los cuatro (es para mesa completa). Pero conseguimos una pequeña licencia: cambié uno de mis platos por arroz con cangrejo real que me apetecía un montón. La cena comenzó como una danza, el primer aperitivo: era un par de capas de berberecho crudo y cebolla tierna, que tenía un sabor fuerte, casi metálico. Mis acompañantes no hicieron comentarios a pesar de mi insistencia. Parecían sorprendidos. Después, un mini platito con julianas de calamar crudo, huevas de bacalao y salsa de erizo: un sabor difícil, y muy intenso con texturas contrastantes que me resultó desagradable. Pero afortunadamente llegó el sashimi variado: toro, cherne, gambas y flores de guisante y brotes tiernos. Que fue para mí todo un encuentro con sabores puros y contundentes que además componían una imagen preciosa. Mis amigos disfrutaron tanto como yo. Después yo tomé el arroz con trozos de algas y cangrejo tierno, que tenía una textura sutil de gelatina. Sentí olas, gritos de gaviota, herrumbre de barco viejo, mientras mis amigos degustaban un rodaballo con algas enoki, y bacon que compartí con mi compañero y que estaba tierno y voluptuoso, con trozos un poco más hechos que otros. Para cerrar cordero, casi crudo, tierno, aromático, con patatas satoimo, un tubérculo japonés con la textura del almidón enfriado en la nevera mucho tiempo. Poco éxito en la mesa. Mi sensación final fue extraña pues aunque me era imposible negar las habilidades del chef, los platos me resultaron poco apasionantes, casi fríos. Como ver una danza misteriosa en la que no escuchas la música. De postre, panacota: totalmente insulsa y el canelón yuba que era como una deconstrucción del tiramisu. Agradable. Lo mejor de los postres llegó con los petit fours una cremita catalana de plátano, ligera, sabrosa y cálida. La cuenta me dejó otra vez fría: 70€ por persona sin el vino.

Ciudad: Barcelona.
Dirección: Deu i Mata, 69-95.
Tel.: 93 444 33 70.
Precio medio por persona: 70 sin vino.